sábado, 18 de abril de 2020

¿Cuánta gente ha muerto en realidad por covid-19?



¿Cuántos contagiados existen en cada país? Los números de los que se dispone, en la mayoría de los casos, caen en la paradoja de que, sin ser falsos, tampoco se ajustan del todo a la realidad.

¿Por qué mueren tantas personas en tal país y en aquel otro muchas menos si ambos reportan igual número de contagios?

¿Cómo puede ser que la letalidad por covid-19 en tal país sea alta y en aquel otro tan baja?

En medios y redes vemos continuamente preguntas de este tipo, con explicaciones más o menos atinadas en unas ocasiones, o mezclando peras y manzanas en las otras.

Empecemos con algo medio básico, pero importante.

Cuando se habla de países más afectados por el coronavirus, casi siempre se hace en términos absolutos y, en muy pocas ocasiones, en términos relativos. Mencionar el número de muertos o contagiados por coronavirus en un país y compararlo con los de otro sin tener en cuenta el número de habitantes no muestra la pintura completa. Obviamente, no es lo mismo los 400 muertos contabilizados en la India que los 400 muertos en Irlanda.

La manera en que se presentan los números hace que el impacto en países pequeños parezca mucho menor. Por ejemplo, en términos absolutos Brasil y México son los países más afectados por coronavirus en América Latina, pero en términos relativos (metiendo el número de habitantes en la ecuación) Ecuador y Panamá, por ejemplo, están en peor situación.

De Ecuador nos enteramos de algo debido a las crudas imágenes de cuerpos en las calles de Guayaquil, ¿pero en cuántos titulares han visto a Panamá? Y, sin embargo, el número de panameños muertos por millón de habitantes triplica al de brasileros.

Otra medición que nos cruzamos bastante es la tasa de letalidad, que nos indica la cantidad de muertos por covid-19 respecto al total de contagiados por esa misma enfermedad. Por ejemplo, un pueblo con 100 contagiados de los cuales fallecen 3 tiene una letalidad del 3 % por covid-19. Muchos medios la confunden con la tasa de mortalidad: ¡ojo!, que es otra cosa, el número de personas que fallecieron por una determinada causa respecto al total de fallecidos, independientemente del motivo.

Pero, además de esta confusión, la tasa de letalidad genera dudas por algunos de los números que publica cada país... y no por culpa de la tasa, sino por cómo se toman los datos para obtenerla.

Las tasas de letalidad varían en cada país porque dependen de ciertas características propias: fundamentalmente, la pirámide poblacional y la capacidad del sistema sanitario. Por ejemplo, supongamos dos países donde se producen 1.000 infecciones por coronavirus. El virus es el mismo, pero causará más víctimas en el país con peor red hospitalaria (porque habrá menos respiradores disponibles) o en el que tenga una población más envejecida, ya que los mayores de 60 años sufren más los efectos del virus. Aunque ambos países tengan exactamente el mismo número de infectados, el número de fallecidos será diferente. Por ejemplo, con 50 en uno y 20 en el otro la letalidad será del 5 % y del 2 %, respectivamente.

La letalidad promedio mundial ronda el 2 o 3 %. Por lo que acabamos de comentar, en algunos países puede ser del 1 %, en otros del 4 %, pero si se sale mucho de esos parámetros hay que preguntarse por qué.

Cuando un país reporta una letalidad anormalmente alta podría pensarse que se trata de una nación con población muy envejecida y con una red hospitalaria deficiente. Podría ser. Pero es raro que se cumplan ambas condiciones en un mismo lugar porque, en general, los países con población envejecida gozan de buena sanidad y los países de población joven carecen de una red hospitalaria fuerte: es como si ambas realidades se anularan entre sí.

De modo que la explicación más probable a una letalidad anormalmente elevada por covid-19 es que el número de contagiados reales es muy superior al reportado. Si, por ejemplo, un gobierno anuncia que el total de afectados asciende a 4.000 y el de fallecidos a 400, lo que es equivalente a una letalidad del 10 %, hay que ponerse a dudar. Porque, seguramente, la explicación de esa tasa tan elevada sea que el número de contagiados es, en realidad, mucho mayor que el anunciado, seguramente del orden de 12.000 a 14.000, lo que en el ejemplo nos acercaría a esa letalidad promedio del 2 a 3 %.

¿Eso quiere decir que el gobierno de ese país miente? 
Pues puede ser, sí, claro, pero no necesariamente, porque si por falta de tests o estrategia epidemiológica el número de pruebas de contagio es bajo, en ese caso las cifras oficiales no son falsas, pero están lejos, muy lejos de reflejar la realidad.

Y atención a esta paradoja, porque si los contagiados y fallecidos en el país son demasiados, en ese caso los números son más engañosos que en países con menos, cuando debería ser lo contrario.

En términos estadísticos, una muestra mayor garantiza mejores resultados, pero resulta que en las naciones que se han visto más golpeadas por la pandemia el colapso sanitario o institucional ha hecho que contabilizar muertos y contagiados sea un desafío casi imposible.

¿Y de qué sirve una muestra mayor si no puedes analizarla? 
Pruebas 'post mortem', autopsias o estudios clínicos han sido barridos por funerales exprés y cremaciones a la carrera para no saturar aún más el sistema sanitario-funerario. Y, desde un punto de vista clínico, no se puede decir que alguien falleció por coronavirus sin realizar las pruebas pertinentes.

Técnicamente, es hasta ilegal, casi como falsificar un certificado de defunción. En medio del caos, muchas personas fallecidas son reportadas como muertas por fallo respiratorio, sin más. No necesariamente o no siempre con un ánimo de ocultación, sino porque los sistemas no dan abasto.

En España, Francia o Alemania, por ejemplo, durante las primeras semanas los fallecidos en hogares de ancianos o en sus domicilios, ante la imposibilidad de practicarles una prueba al momento por la premura con la que tocaba procesar los cuerpos, por increíble que parezca no se reportaban como fallecidos por covid-19, a pesar de los claros síntomas que presentaban.

Al no haber una seguridad del 100 %, se reportaban como muertos por neumonía, falla respiratoria u otros, aunque no había que ser forense ni detective para intuir la causa precisa. Este tema sigue siendo asunto polémico en esos y otros países.

¿Todo esto quiere decir que todos los gobiernos son blancas palomas y han reportado la situación con una transparencia digna de confesionario? Por supuesto que no.

Como toda información pública, las cifras de la pandemia son susceptibles de convertirse en arma política. Y muchos buscan tomar este dato de por aquí o ignorar aquel de más allá a su conveniencia para justificar las medidas tomadas… o las no tomadas. “No, no, no. Yo, como presidente, no puedo certificar que estas personas fallecieron por coronaviurs, saltándome los procedimientos médicos y científicos”.

En algunos casos, esta 'incapacidad' para medir resulta muy conveniente a la hora de ofrecer datos oficiales. Ante este panorama, podría creerse que nunca sabremos cuántas personas murieron por covid-19 realmente. Y sí, es prácticamente seguro que nunca sabremos la cifra exacta, sobre todo en los países donde hubo colapso o se estuvo cerca.

Pero sí hay una manera de hacerse una idea más ajustada a la realidad, reduciendo los efectos del caos sanitario (o, incluso, los del manejo político) acudiendo a una información que es razonablemente pública en todos los países: el censo. El método consiste en comparar las muertes registradas, por ejemplo, en marzo de 2019 con las de marzo de 2020 y ver qué tan diferentes son. Salvo grandes catástrofes naturales o guerras, estos números no varían demasiado año tras año.

Estas gráficas de España y Nueva York son muy reveladoras. Muestran el número de muertes mensuales desde hace varios años o en los últimos días. Miren cómo el pico actual en Nueva York sobrepasa el de los atentados de septiembre de 2001.



El pico en España también está, de lejos, muy por encima de otros períodos de alta mortalidad como, por ejemplo, algunas olas de calor veraniegas, que se ceban en los adultos mayores.



En Guayaquil se produjeron alrededor de 1.500 muertes más en estas últimas semanas que las que se habían producido en el mismo periodo del año pasado.

Un matemático local afirma que comparó el número de entierros de estas semanas en la provincia de Guayas con los del mismo periodo el año pasado y el diferencial supera los 7.000. Sin embargo, las cifras oficiales en Ecuador sobre fallecidos por covid-19 son mucho menores a esos números.

Y este tipo de picos no tiene otra explicación que la pandemia. Pero, ¡ojo!, que hay que matizar ooootra cosa. ¿Podemos decir que tooodas estas muertes muy por encima del promedio en cada país se deben al coronavirus? No, todas no. ¿La mayoría? Sí. Porque no ha habido una inundación, un conflicto bélico, otro gran causante de mortalidad que las explique.

Llegados a este punto, tenemos que diferenciar entre la covid-19 como enfermedad y la covid-19 como fenómeno sanitario. Porque en este pico también se incluyen muertos por infarto, accidente de tránsito, quemaduras, etc. que, por la sobresaturación o colapso de los servicios médicos, no pudieron ser atendidos correctamente. Personas que fallecieron por causas por las que, tal vez, de haberse producido en otro contexto sanitario, no habrían desembocado en muerte.

De hecho, el temor al colapso sanitario radica en eso: que los sistemas de salud no solo no logren atender los casos de covid-19, sino que no cubran las necesidades de atención habituales de la población. Y es más por esto que por la covid-19 'per se' que se decretaron medidas drásticas como cuarentenas o autoaislamientos.

Así que, ya ven que los números nos dicen mucho sobre lo que estamos viviendo, pero hay que saber interpretarlos, contextualizarlos, matizarlos y procesarlos. Y casi igual de importante es aprender a detectar cuándo (por motivos mediáticos económicos o políticos) son presentados de manera discutible, imprecisa, errónea y, a veces, intencionalmente engañosa








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